El día de mi cumpleaños, el amanecer
parecía de cuentos. Camino al cole me dice: Mira mamá!!! parece que ahí está Dios!!
y ciertamente los rayos de color naranja del sol se colaban entre las nube
grises. Sí, le dije, me están regalando este hermoso amanecer...
O son los abuelos que de esta forma te dicen Feliz Cumpleaños. Y también estará
mi madre etíope para felicitarte.
La miro y sonrío. ¿Cómo si no?.
Los padres adoptivos tenemos que trabajar nuestro propio vínculo con la familia
de origen de nuestros hijos porque al hacerlo -y no es casi nunca una tarea
fácil- estamos enseñando a nuestros hijos a integrar esas dos realidades que de
alguna forma dan continuidad y fluidez a la historia de vida que les acompaña.
Como no soy experta, no seré yo quien afirme cuál es la postura correcta frente
a este tema. Será a cada familia a quien competa la responsabilidad de la toma
de decisiones al respecto de la realidad bifamiliar de los hijos adoptados o
acogidos. Y con esa responsabilidad se asumirán las consecuencias de las acciones
y omisiones...
De una manera
general, el término búsqueda de los orígenes se refiere el conjunto de pasos
que una persona adoptada o su familia adoptiva emprenden para retomar contacto
con su pasado pre-adoptivo. A veces no sólo se desea tener certezas sobre la
identidad de los padres biológicos, a menudo más bien se desea (y a veces
únicamente) obtener informaciones generales (a veces sin necesidad de
identificar a una persona en concreto) sobre el pasado y sus refrentes. Sobre
las circunstancias, decisiones y azares que lo llevaron de una familia a la
otra. Y en ese transito también tenemos responsabilidad los padres adoptivos.
Siguen sin ser
mayoría las familias en las que el origen, los orígenes de la vida de sus hijos
o hijas y sus circunstancias inmediatamente posteriores, son abordados con
naturalidad, ayudando a poner palabras a lo que se conoce o a lo que se intuye
que pudo haber pasado, incluso a lo desconocido para permitir completar el
puzzle, construir la historia, y si fuera el caso, acompañar en el dolor,
siempre sumando afectos que son los que posibilitan la sanación. Se fantasea
con la idea de que las heridas sanan si no se tocan, olvidando que a veces esas
heridas, si no se limpian y curan, explorándolas, pueden dar origen a una infección.
Es decir, a un daño mayor.
Al no hablar,
se esconde para los adoptados y adoptadas el miedo a saber, a conocer, el miedo
a acercarse a lo que se presume doloroso, pero también el miedo a disgustar a
los adoptivos si se les interroga, y el miedo a perderlos, es decir, el miedo a
volver a quedar solos. Para los adoptantes, el miedo a exponer a sus hijos al
dolor (o quizás al amor) expresado en el deseo de conocer a los padres
biológicos con el riesgo temido e implícito de la sobrevaloración de los lazos
de sangre, el miedo a salir perdedores en la contienda. El miedo a sus
propias pérdidas.
Requiere valor
el acompañar a nuestros hijos en la tarea sobretodo en sus etapas iniciales,
cuando nace la inquietud y el deseo. Personalmente creo que es un viaje en
ocasiones y no siempre posible físico, tangible; pero que ha de ser sobre todo
un viaje mental, emocional que nuestros hijos deben emprender, y que no está
exento de dudas, miedos, inseguridades, múltiples ambivalencias, y en ocasiones
dolor.
No creo que
exista una norma general. Cada historia es única en su trayectoria. Se debe
construir desde el derecho prioritario del niño, con el acompañamiento
responsable de los adultos que le han traído a sus vidas. Es un viaje que
supone un encuentro necesario con el ayer, para descubrir su sentido; con
el fin de disfrutar del presente y, sobretodo, para poder proyectarse al futuro
solidamente.
Crecer Familiarmente
Ser madre me ha hecho una profesional más minuciosa. La maternidad, especialmente la adoptiva, me ha invitado a pensar una y otra vez en las familias, en la forma en que se contruyen, crecen, se transforman. Estoy aquí pensando en voz alta, como profesional y madre, para acompañar el camino de otros. Para que juntos, nuestro recorrido pueda ser más satisfactorio. Como dice el poeta: se hace camino al andar.
lunes, 13 de octubre de 2014
lunes, 6 de octubre de 2014
EMPEZAR...
Estoy en construcción. Crear, construir, crecer, son verbos que siempre mantienen abierta la posibilidad de más. Llevo meses dándole vueltas a esta idea, necesitando de un tiempo de inflexión que no llega con claridad así que he decidido construirlo, artificialmente.
Empezamos sí, nos vale este primer lunes de octubre. Un año escolar por delante. Luego ya veremos.
Este blog pretende plasmar mis reflexiones como madre y psicóloga al respecto de la maternidad y la crianza. No soy una voz experta ni lo pretendo, soy sólo una voz más con un rodaje profesional y una capacidad innata para el pensamiento y la reflexión emocional. Y, más allá de otras sutilezas y realidades construir una familia es un proceso emocional.
Atribuido a fuentes diversas, hoy tomo este relato como inicio de este Blog. Nos cuenta las especiales circunstancias que acompañan al crecimiento de una variedad de bambú japones.
“No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante.
También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “¡Crece, maldita seas!”.
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un agricultor inexperto, estaría convencido de haber comprado semillas estériles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de solo seis semanas, la planta de bambú crece… ¡más de 30 metros!
¿Tarda solo seis semanas en crecer?
¡No! La verdad es que se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que vendrá después.
Y en eso consiste la crianza, en la capacidad de ofrecer raices sólidas a nuestros hijos para que de forma progresiva e imperceptible puedan llegar a convertirse en la mejor persona que puedan ser.
Esa labor no es un camino a través del cuál solo se avanza. Es un camino con momentos en los que hay que avanzar, incluso corriendo pero con muchos otros en los cuales es preciso detenerse, reflexionar en relación al camino y en al destino que queremos alcanzar. Parece que todos sabemos, con más o menos certeza, que no hay ni recetas certeras, ni soluciones rápidas y aplicables a todos los casos. La crianza, la buena crianza, como cultivar requiere de tiempo y dedicación.
Pasa con frecuencia, que los métodos de cultivo no son siempre claros porque deben atender a muchas variables y condicionamientos. Conviene recordar entonces el ciclo de maduración del bambú japonés, donde no todos los cambios que se gestan son visibles en la inmediatez.
Y no bajemos los brazos ni abandonemos por no ver los resultados esperados. Este proceso exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Es un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia. Y es un camino que, sin duda, se transita mejor en compañía. Esa es la idea, acompañar.
Porque ha sido en compañía de otros y otras como más he aprendido en estos años, humana y profesionalmente. Y es bueno compartir, después, cada uno a juzgar...
Empezamos sí, nos vale este primer lunes de octubre. Un año escolar por delante. Luego ya veremos.
Este blog pretende plasmar mis reflexiones como madre y psicóloga al respecto de la maternidad y la crianza. No soy una voz experta ni lo pretendo, soy sólo una voz más con un rodaje profesional y una capacidad innata para el pensamiento y la reflexión emocional. Y, más allá de otras sutilezas y realidades construir una familia es un proceso emocional.
Atribuido a fuentes diversas, hoy tomo este relato como inicio de este Blog. Nos cuenta las especiales circunstancias que acompañan al crecimiento de una variedad de bambú japones.
“No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante.
También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “¡Crece, maldita seas!”.
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que un agricultor inexperto, estaría convencido de haber comprado semillas estériles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de solo seis semanas, la planta de bambú crece… ¡más de 30 metros!
¿Tarda solo seis semanas en crecer?
¡No! La verdad es que se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que vendrá después.
Y en eso consiste la crianza, en la capacidad de ofrecer raices sólidas a nuestros hijos para que de forma progresiva e imperceptible puedan llegar a convertirse en la mejor persona que puedan ser.
Esa labor no es un camino a través del cuál solo se avanza. Es un camino con momentos en los que hay que avanzar, incluso corriendo pero con muchos otros en los cuales es preciso detenerse, reflexionar en relación al camino y en al destino que queremos alcanzar. Parece que todos sabemos, con más o menos certeza, que no hay ni recetas certeras, ni soluciones rápidas y aplicables a todos los casos. La crianza, la buena crianza, como cultivar requiere de tiempo y dedicación.
Pasa con frecuencia, que los métodos de cultivo no son siempre claros porque deben atender a muchas variables y condicionamientos. Conviene recordar entonces el ciclo de maduración del bambú japonés, donde no todos los cambios que se gestan son visibles en la inmediatez.
Y no bajemos los brazos ni abandonemos por no ver los resultados esperados. Este proceso exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Es un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia. Y es un camino que, sin duda, se transita mejor en compañía. Esa es la idea, acompañar.
Porque ha sido en compañía de otros y otras como más he aprendido en estos años, humana y profesionalmente. Y es bueno compartir, después, cada uno a juzgar...
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