Estoy en construcción. Crear, construir, crecer, son verbos que siempre mantienen abierta la posibilidad de más. Llevo meses dándole vueltas a esta idea, necesitando de un tiempo de inflexión que no llega con claridad así que he decidido construirlo, artificialmente.
Empezamos sí, nos vale este primer lunes de octubre. Un año escolar por delante. Luego ya veremos.
Este blog pretende plasmar mis reflexiones como madre y psicóloga al respecto de la maternidad y la crianza. No soy una voz experta ni lo pretendo, soy sólo una voz más con un rodaje profesional y una capacidad innata para el pensamiento y la reflexión emocional. Y, más allá de otras sutilezas y realidades construir una familia es un proceso emocional.
Atribuido a fuentes diversas, hoy tomo este relato como inicio de este Blog. Nos cuenta las especiales circunstancias que acompañan al
crecimiento de una variedad de bambú japones.
“No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de
buena semilla, buen abono y riego constante.
También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a
la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “¡Crece, maldita seas!”.
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en
no apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla
constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En
realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal
punto que un agricultor inexperto, estaría convencido de haber comprado semillas
estériles.
Sin embargo, durante el séptimo año, en un periodo de solo seis semanas, la
planta de bambú crece… ¡más de 30 metros!
¿Tarda solo seis semanas en crecer?
¡No! La verdad es que se toma siete años para crecer y seis semanas para
desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este
bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el
crecimiento que vendrá después.
Y en eso consiste la crianza, en la capacidad de ofrecer raices sólidas a
nuestros hijos para que de forma progresiva e imperceptible puedan llegar a
convertirse en la mejor persona que puedan ser.
Esa labor no es un camino a través del cuál solo se avanza. Es un camino con
momentos en los que hay que avanzar, incluso corriendo pero con muchos otros en
los cuales es preciso detenerse, reflexionar en relación al camino y en al
destino que queremos alcanzar. Parece que todos sabemos, con más o menos certeza,
que no hay ni recetas certeras, ni soluciones rápidas y aplicables a todos los
casos. La crianza, la buena crianza, como cultivar requiere de tiempo y
dedicación.
Pasa con frecuencia, que los métodos de cultivo no son siempre claros porque deben atender a muchas variables y condicionamientos. Conviene recordar entonces el ciclo de maduración
del bambú japonés, donde no todos los cambios que se gestan son visibles en la
inmediatez.
Y no bajemos los brazos ni abandonemos por no ver los resultados
esperados. Este proceso exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.
Es un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia. Y es
un camino que, sin duda, se transita mejor en compañía. Esa es la idea,
acompañar.
Porque ha sido en compañía de otros y otras como más he aprendido en estos
años, humana y profesionalmente. Y es bueno compartir, después, cada uno a
juzgar...


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