lunes, 13 de octubre de 2014

CRECER

El día de mi cumpleaños, el amanecer parecía de cuentos. Camino al cole me dice: Mira mamá!!! parece que ahí está Dios!! y ciertamente los rayos de color naranja del sol se colaban entre las nube grises. Sí, le dije, me están regalando este hermoso amanecer...

O son los abuelos que de esta forma te dicen Feliz Cumpleaños. Y también estará mi madre etíope para felicitarte.


La miro y sonrío. ¿Cómo si no?.


Los padres adoptivos tenemos que trabajar nuestro propio vínculo con la familia de origen de nuestros hijos porque al hacerlo -y no es casi nunca una tarea fácil- estamos enseñando a nuestros hijos a integrar esas dos realidades que de alguna forma dan continuidad y fluidez a la historia de vida que les acompaña.


Como no soy experta, no seré yo quien afirme cuál es la postura correcta frente a este tema. Será a cada familia a quien competa la responsabilidad de la toma de decisiones al respecto de la realidad bifamiliar de los hijos adoptados o acogidos. Y con esa responsabilidad se asumirán las consecuencias de las acciones y omisiones...


De una manera general, el término búsqueda de los orígenes se refiere  el conjunto de pasos que una persona adoptada o su familia adoptiva emprenden para retomar contacto con su pasado pre-adoptivo. A veces no sólo se desea tener certezas sobre la identidad de los padres biológicos, a menudo más bien se desea (y a veces únicamente) obtener informaciones generales (a veces sin necesidad de identificar a una persona en concreto) sobre el pasado y sus refrentes. Sobre las circunstancias, decisiones y azares que lo llevaron de una familia a la otra. Y en ese transito también tenemos responsabilidad los padres adoptivos.

Siguen sin ser mayoría las familias en las que el origen, los orígenes de la vida de sus hijos o hijas y sus circunstancias inmediatamente posteriores, son abordados con naturalidad, ayudando a poner palabras a lo que se conoce o a lo que se intuye que pudo haber pasado, incluso a lo desconocido para permitir completar el puzzle, construir la historia, y si fuera el caso, acompañar en el dolor, siempre sumando afectos que son los que posibilitan la sanación. Se fantasea con la idea de que las heridas sanan si no se tocan, olvidando que a veces esas heridas, si no se limpian y curan, explorándolas, pueden dar origen a una infección. Es decir, a un daño mayor.

Al no hablar, se esconde para los adoptados y adoptadas el miedo a saber, a conocer, el miedo a acercarse a lo que se presume doloroso, pero también el miedo a disgustar a los adoptivos si se les interroga, y el miedo a perderlos, es decir, el miedo a volver a quedar solos. Para los adoptantes, el miedo a exponer a sus hijos al dolor (o quizás al amor) expresado en el deseo de conocer a los padres biológicos con el riesgo temido e implícito de la sobrevaloración de los lazos de sangre,  el miedo a salir perdedores en la contienda. El miedo a sus propias pérdidas.


Requiere valor el acompañar a nuestros hijos en la tarea sobretodo en sus etapas iniciales, cuando nace la inquietud y el deseo. Personalmente creo que es un viaje en ocasiones y no siempre posible físico, tangible; pero que ha de ser sobre todo un viaje mental, emocional que nuestros hijos deben emprender, y que no está exento de dudas, miedos, inseguridades, múltiples ambivalencias, y en ocasiones dolor.

No creo que exista una norma general. Cada historia es única en su trayectoria. Se debe construir desde el derecho prioritario del niño, con el acompañamiento responsable de los adultos que le han traído a sus vidas. Es un viaje que supone un encuentro necesario con el ayer, para  descubrir su sentido; con el fin de disfrutar del presente y, sobretodo, para poder proyectarse al futuro solidamente.

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